Hey Teacher, leave the kids play!

Este año, como ningún otro que recuerde, es el año en el cual se dictarán más días de clase a los niños uruguayos. Ya hace un tiempo que la finalización del año escolar se proyecta avanzado diciembre, pero ahora a la novedad de haber comenzado las clases en febrero, se suma otro hecho inédito –al menos para mi memoria- de que las vacaciones de julio se reducen a tan solo una semana en los niveles Inicial y Primaria. Se impone una tendencia que desde hace algún tiempo ronda al gobierno de la Educación y otros actores del sistema educativo, de que es necesario destinar más tiempo a la enseñanza como forma de mejorar los magros resultados.

Muchos niños uruguayos destinan a su escolarización jornadas laborales de 9 horas que exceden incluso la lógica del trabajo industrial, que inspira al modelo normalista de la enseñanza escolar.

Por si no fuera suficiente, además del tiempo destinado a estar dentro de la institución escolar, la influencia de esta actividad se proyecta al hogar a través de una práctica arcaica y que ya no se sostiene desde ningún fundamento pedagógico actualizado, que es la tarea domiciliaria (los temibles Deberes)

mito

La crisis de la Educación en Uruguay es incuestionable, la deserción escolar ha llegado a niveles alarmantes y un alto porcentaje de los que optan por permanecer, no demuestran haber desarrollado los conocimientos básicos esperables. En este contexto, la idea de que el aumento de las horas destinadas a la enseñanza revertiría esa tendencia es en primer lugar ingenua y en el fondo peligrosa. Cualquiera sabe que si está martillando mal un clavo y éste se tuerce, el aumento de los mismos golpes sólo logrará que el clavo se siga torciendo. Esto es lo ingenuo.

Lo peligroso es el efecto que genera el aumento del tiempo regulado por la escolarización, al invadir el tiempo reservado para el aprendizaje autónomo. Porque no todo lo que el niño debe aprender se desarrolla en la escuela; el niño –al igual que el joven y el adulto- precisa desarrollar aprendizajes de forma autónoma, en su propio entorno, en el contacto con sus pares y su propio material de acción. Estos procesos de aprendizaje que se dan en el hogar y –aunque cada vez menos- en el espacio público, y a través del juego, son un componente clave del desarrollo integral del sujeto. Porque como dice Rosario Ortega, el juego “…es una forma social y natural de actividad que integra todas las dimensiones de desarrollo y que, en la medida en que se ve enriquecido, protegido y estimulado por los adultos, se convierte en un escenario óptimo de cambio evolutivo y aprendizaje espontáneo.”(1996, 116) El aprendizaje espontáneo que se da a través del juego autónomo y en el tiempo libre del niño, se ve hoy amenazado por el aumento del tiempo regulado por la actividad escolar.

Como sucede en muchos países en el último tiempo, el 28 de mayo se celebra en Uruguay el Día Internacional del Juego, y este año debería ser una ocasión para reflexionar sobre el lugar que los adultos estamos dejando para el desarrollo de la capacidad lúdica de nuestros niños. Para quienes crecimos cantando nuestra rebeldía a ser otro ladrillo en la pared, este día nos invita a gritar: ¡Oye! ¡Profesor! Deja a los niños jugar!

Dr. Ricardo Lema

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