El sentido del ocio en la resignificación del valor del trabajo

Un reciente informe de la Universidad de Zaragoza (España), sobre “Productividad y empleo” concluyó que las personas más felices y eficientes son las que cuentan con más tiempo libre. El presente estudio confirmó así una hipótesis que cumple casi 3000 años. Es que los griegos de la Antigüedad ya habían comprendido que en el ocio estaba la oportunidad de trascender de las necesidades mundanas,   por eso el negocio, la negación de ese ocio, debía quedar en manos de ciudadanos menores. “Mi ocio es el mayor bien que poseo”, decía Aristóteles, continuando con los planteos de Sócrates y Platón, y proyectándose a través de pensadores latinos como Séneca o medievales como Santo Tomás.

Sin embargo esta valoración del tiempo gratuito siempre tuvo sus detractores, desde el Ora et Labora con que San Benito organizó la vida monacal del Medioevo, pero especialmente a partir del ascetismo de Calvino, se da inicio al culto por el trabajo y el esfuerzo, génesis de la sociedad moderna. La moral que privilegia el valor del trabajo y que destina al ocio la etiqueta de vicio improductivo perdura aún hoy, en tiempos de capitalismo tardío. Quizá la prueba más radical esté en las 1650 personas que mueren por día en la China popular, producto del estrés laboral, sujetos que son transformados en héroes por su sacrificio en favor de alcanzar las metas productivas establecidas por el Partido gobernante.

Pero esta ética del trabajo entra en conflicto con una nueva moral en estos tiempos postindustriales. Las generaciones del nuevo milenio ya no valoran al trabajo como un sacrificio necesario que permite asegurarse la subsistencia. Una oportunidad laboral hoy es estimada si implica un aporte más trascendente, si permite movilizar las potencialidades del sujeto trabajador. Las generaciones más jóvenes ya no se comprometen con un salario o con la estabilidad de un puesto, sino que buscan en el trabajo las virtudes y beneficios de una experiencia valiosa de ocio.

Las empresas que buscan captar los mejores talentos cada vez más están obligadas a seducir con ambientes laborales que permitan transformar esas necesidades terrenales en potencialidades personales, entornos favorecedores del desarrollo humano del sujeto trabajador, donde la productividad de la empresa vaya de la mano de la productividad personal. Ambientes creativos, que permitan aprendizajes, que planteen desafíos acordes al potencial de cada uno, que permitan desempeñarse en forma autónoma en función de metas compartidas, que motiven en sí mismos más allá del beneficio económico. En resumen, ambientes laborales donde el tiempo de trabajo confluya con el tiempo para uno mismo, un negocio que no niegue el sentido trascendente del ocio.

Mag. Ricardo Lema

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